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sábado, 31 de agosto de 2019

Vida perfecta

Katrina Pepina cambia.

Diariamente, súbitamente, cambia.

Se ve diferente. Sonríe diferente.

Hay personas que le dicen que se ve preciosa, brillante. Y luego la revisan bien y su mirada es triste, profunda, perdida.

Lo tiene todo.

Familia completa, un caniche bonito, casa, pelos largos, dientes derechos, trabajo seguro, vive de lo que ama, una niña profundamente brillante, agradabilidad a la vista, apoyo incondicional, mejor amiga cercana, cumplidos recurrentes, música preciosa, salud relativamente estable, ropa chiquita, confidentes confiables, hermanos exitosos y plenos, una pareja que la respeta y, a su modo, la ama.

A uno siempre le falta algo para ser feliz, por más que le insistan en que lo que hay debe ser suficiente.
Probablemente lo que a ella le falta, o cree que así es, es un cochecito para andar y el valor para manejarlo. Y obviamente, y más profunda que cualquier carencia, Má.

Son muy poquitas cosas las que siente que quisiera.

La ropa no llena, los gadgets sirven, pero no nutren tanto como quisiera; la comida llega hasta el cuello pero no abraza, aún así, el corazón. El mundo la ve. Pero sólo la ve, no la observa. Aprecian su aspecto, su sonrisa, la piel que se asoma, la juventud. No tiene paciencia para el caniche, no hay tiempo para hacer de la casa un hogar. Los pelos caen, sometidos al estrés diario de hacer lo que se ama para vivir pero no siempre con ganas y siempre, eso sí, con sueño. Ahora vive con el miedo constante de que los dientes se vuelvan a torcer. Con la incertidumbre de cuanto tiempo más, su cuerpo resistirá el cansancio antes de colapsar. Cuida a su hija, pero con la mente lejos. Se aferra a algo que posiblemente está por apagarse, para no volver a ser huérfana otra vez.

La terapia le recuerda constantemente que ya no es una niña. Que es una mujer relativamente libre que a esta edad debiera conocerse suficiente como para amarse y defenderse. Como si no fuera suficiente todo lo que le ronda en la cabeza.

Corre, literalmente. De todo y de todos. Con bromas se queja de la proximidad de los suyos pero en la soledad llora porque se cansó de ser su única compañía.

¿Cómo? Se pregunta. ¿Cómo hizo aquellos tiempos oscuros y tormentosos para ser feliz? Porqué a pesar de todo, los recuerda felices. Hospital tras hospital. Agujas y comida de la calle, siestas en el piso, hermanos solitos, lagrimas por montones.

Idealización del pasado, le dicen.
Cachetadas del presente.
Inconsistencia del futuro.

Una vez más, con vida casi perfecta, la gratitud se desvanece. Crecen las expectativas y el camino por delante se ve muy incierto. Terrorífico. Emocionante.

-Ahí voy, otra vez. ¿A dónde? No sé. Acompañenme, pero no se acerquen mucho, que me hostigan...

lunes, 18 de marzo de 2019

Strudel de manzana

Besos. Abrazos. Sonrisas. Empanadas de carne molida y Pepsi. De eso ha sido su día.

De pura familia, vida, amor y dulzura.

- ¿Quién dijo que no se podía? - pregunta retadora la de los cachetes adoloridos de que no le cabe la sonrisa.

Hoy, después de mucho tiempo - meses más o menos- Katrina Pepina es plenamente feliz. No le falta nada. No quiere nada. No necesita nada. Ellos lo son todo. Escorbuto y Cachetina, con sus ojos marrón claro, tan parecidos el uno al otro, la miran por la casa loca de felicidad como una vil cabra. Le abrazan, le miman, la regañan también.

Qué importa. Que digan misa. Que Cachetina corra por la casa llena de tierra en el cabello. Que Escorbuto reniegue porque le toca amasar y armar las empanadas. Qué le hace, - diría sabiamente abuelita - no pasa nada.

Sus gritos y sus risas llenan las habitaciones, calientan la casa de techos altos y corrientes de aire. Se ahuma la cocina.

El corazón de Katrina Pepina se ahuma también. Unas lagrimitas le asoman por los ojos, - si, también por esto chilla - está tan agradecida.

Ellos son las vitaminas de su vida. Son su jala y empuja. Su levántate que si costea. Pedazos de su propia vida con pies ajenos.

- Qué bendición, qué fortuna. - dice, mientras se receta un strudel de manzana y una taza calientita de cacao con los que ama.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Sueños fugaces

Katrina Pepina ama venir aquí. A este desierto letroso. Ególatra, egocéntrica, egoléxica.

Es un remanso de aguas de colores para su alma.
Tornasoles, azules, transparentes. Medio turbias a veces. Le recuerdan su profunda dulzura, estupidez y humanidad.

Es un abrazo tibio de palabras propias. Unas falsas, otras inventadas, muchas mal escritas.
Pero suyas. Enteramente suyas.

Es el lugar donde nada la oculta. Todo se lee. Muchas veces entre líneas, y lo más probable es que el mundo no entienda a ciencia cierta porqué chilla tanto esta mujer.  O tal vez si.

- Está loca - dicen por ahí. Y si, lo está.

Loca de amor por la vida, por su familia, por su trabajo, por el sol, loca de suerte. A veces buena, a veces no tanto.

En este sitio puede ser tan loca o tan lúcida como quiera. Tan suya o tan de cualquiera. Rimosa o sólo señora con prosa.

- Ojalá algún día tenga suficientes cuentitos como para llenar un folleto. - Se dice, mientras piensa en los libritos que dan los testigos de Jehová.