Lloró. Lloró amargamente porque la soledad la rondaba. Se burlaba. Brazos la rodeaban. ¿Porque entonces, no la querían? ¿Porqué preferían el sueño, la comida, la calle, el tabaco, que a ella?
Me voy, vete. Mejor así. Tengo sueño. Los compromisos, las responsabilidades. Los miedos. Hasta mañana. Dos paredes separando lo que se supone que sólo Dios podría separar.
Frío de madrugada. Sueño sin paz. Sin ganas. Sin cansancio.
La miran, mira. Te miran. Atención escueta. Siembras todo el día y no cosechas nada. Y buscas pelea. Canalizar la ira. Si al menos le interesara pelear. Habría algo que reconciliar. Algo porqué golpear, morder. Descargar.
Pero no. No funciona. No importa. No sirve. Sólo esa tibieza horrenda que ni sonríe ni odia. Sólo la indiferencia y el engaño aparente tras la cordialidad.
Lagrimas corren por las comisuras. Llegan a la almohada. Esperan lo que nunca pasa. Lo que a nadie le importa. El abrazo que no existe. La caricia en la espalda. El beso en la frente. Pero no hay. Nada de eso hay.
Apaga la luz. Se dispone a dormir. Y para morir, un día menos ya.
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